>>>> patente de couso>>>
No recuerdo exactamente que día fue el que hablé por teléfono con aquella mujer; pero en estas historias no importan tanto las fechas porque mirando hacia atrás, todos los que leemos y vemos recordaremos que hubo un momento en las costas de Galicia en el que todo parecía venirse abajo y sus gentes salían a los puertos a luchar contra esa merda que inundaba sus playas. Lo que sí puedo decir es que 200 barcos sudaron salitre para cazar, sin más armas que las manos de sus marineros, 3000 toneladas de chapapote, cuando el sol se puso tras ese verde azulado que llena de vida tu mirada y te congela si lo tocas.
Para el que no lo sepa, las Rías Baixas es una de las zonas que componen las formas del terreno gallego, como escarpados brazos que parecen agarrar el mar contra la fuerza del dios Eolo. Una ría es esa bocanada del atlántico que devora la costa de la galaecia y que hace tan inolvidablemente celta la tierra de las brumas.
Pues, para el que le interese y para el que no, yo vivo en una de esas zonas que llaman Baixas. Allí, el mar ruge con fuerza todo el año al son de las mareas y las olas acercan su sal a la tierra. Bueno es de noche salir a tu balcón y escuchar el rugir del océano; es este uno de los sonidos más encantadoramente estremecedores de la naturaleza. Siempre gruñe, con mal o buen tiempo siempre está ahí, con las estrellas y con el sol; siempre puedes oírlo y olerlo. Y creedme: no estando allí no se tiene ni idea de hasta que punto la gente de mi tierra lo ha pasado mal cuando ese rugir se transformó en lloro. Porque yo no estuve allí…
Esa mujer con la que hablaba, casi sin aliento y mientras caminaba por una pequeña carretera de asfalto tras dejar atrás la gran vía que todo lo inundaba, se dirigía a su casa capeando el mal tiempo que hace tan húmedamente gallegos a los del lugar. Mientras hablaba con ella, la distancia de 1000 kilómetros que nos separaba se veía engrandecida por el temporal, jugador incombustible, que apenas me dejaba escuchar. Regresaba de un pequeño puerto con nombre pintado de chapapote: Aguiño. Como si de una fábula se tratase, me iba relatando cómo todos aquellos a los que siempre había visto, todos aquellos con los que había hablado en la tienda de la esquina, todos aquellos que veía en la pequeña consulta del médico… Todos y cada uno de los 3000 habitantes de este lugar desgraciado por su tan preciada y estratégica situación estaban allí, bajo la lluvia, haciendo simplemente lo que podían. No nos equivoquemos, estamos hablando no de voluntarios, sino de obligados.
Esa gente que se adelantaba a la salida del sol para salir a la mar, tenía ahora que esperar a que el amanecer le diera el visto bueno para poder encontrar la sombra que parecía inundar todo el horizonte. Esa gente, que observaba desde la galería de un bar o de la casa del mar, desde una cofradía o una lonja, nunca tan obligada se había visto a salir a nadar con sus barcos, como en esos momentos de capea.
Las redes se vistieron de negro, las gamelas se rebozaron en mierda, las tejedoras confeccionaron trajes de luto para cazar al cazador que se avecinaba; los barcos no entendían porque su babor, nunca más que su estribor, se sumergía en una masa oscura llegada directamente del infierno de mar adentro, y su eslora era nada más que un manto de galletas…
Cuando oyes como te describen ese extraño panorama, cuando escuchas que tu tierra que tienes lejos está sufriendo piensas en qué pasa con la playa por la que caminabas en verano; cómo se vería la brava arena que te sacudías con la única rabia que te provocaba el no poder quitártela del cuerpo al primer toque; con la rocas en las que surgen los tesoros del lugar…; con la gente que vive de eso y por eso, con mi gente, que no conoce más abecedario que el del mar, y que es políglota en el mundo.
Esa gente que trato de ensalzar con derecho propio es mi pueblo; la gente del mar, que es más que una cultura pues supone el fruto del ansia del hombre por surcar los océanos que se pegan a las rocas de la zona componiendo su paisaje cultural. Nadie sabe más de las estrellas, nadie más que ellos puede hablar cantando entre medias gallego y castellano sobre el agua que la golpea; nadie huele más a salitre y bebe más salitre… Es hermoso el punto hasta el que se conocen a si mismos y se reconocen en su espejo de morriña; quizá en un intento por remendar errores pasados que los llevaron a convertir a todo español emigrado en las Américas en “gallego”.
Entre suspiro y suspiro, oír de boca de esa mujer que cada uno de los miembros de esa pequeña comunidad rodeaban su muelle y yugulaban su tierra, te hace ver hasta qué punto somos de donde somos, y hasta qué punto no se nos considera en el estado español. No es esta una frase nacionalista, aunque quizá debiera serlo, no: simplemente es una realidad ensayada con creces. Escuchándola, me daba cuenta de que en verdad, no tenía ni idea de lo que estaba pasando en el lugar donde yo he dado mal desde que nací. Sépase: en ese día de lluvia, el primero en que llegó el chapapote a las Baixas, mientras las autoridades voceaban con palos de ciego que no existía peligro inminente y se hablaba de cantidades ínfimas y surrealistas de mierda sobre el mar, Manuel salió a la mar de nuevo; pero esta vez le esperaban redes para pescar chapapote. No necesitaba mascarilla porque no la tenía, y no tener no es para un gallego no poder. Abandonó su casa, se reunió con los demás en la explanada del pueblo y surcó la ría para recoger con sus propias manos y a cara descubierta la ese material extraño que lo estaba engañando. No llevaba traje blanco, sino ropa de aguas; no iba a cobrar nada más que una buena dosis de desgracia .Era misión “fácil”...: luchar por lo suyo. Y en el muelle esperaba esa gente, como la mujer que por teléfono sollozaba, me había relatado entre suspiros de impotencia. Las meigas no estuvieron allí. Pero no quedaba otra salida. Ellos se fabricaron su propio conjuro y reaccionaron como el orujo que quema la garganta del que lo bebe.
Sepamos todos ahora, que ese día las televisiones retransmitieron mi pueblo. Se podía ver en la pantalla una masa ennegrecida de enfadados marineros, incultos y mojados más por el mar que por la lluvia, que asaltaban a su alcalde. El edil había tenido la estupendísima idea de pasearse por el lugar recogiendo fotos del desastre. Quizá el de reportero fuese su sueño dorado, pero escogió un mal momento… el momento en el que sus conciudadanos se percataban de que la falta de medios no les dejaba luchar; el momento en el que no veían en su tierra cuerpos de la administración; el momento en el que sólo sus cuerpos paraban la marea negra… Quede constancia de que en televisión no fue retransmitido el idilio con absoluta objetividad. Esa masa de marineros enfadados luchaba sin medios contra la catástrofe que no les habían advertido pero que ellos habían olido: no tenían trajes, no tenían mascarillas, no tenían contenedores; tenían dentro la rabia de la impotencia…; pero no tenían miedo. La mujer cortó la conversación porque el camino se la estaba haciendo eterno…
Tras ese día, esperaron los combatientes a que la noche les diera permiso para seguir limpiando sus manos y poder partir desde el mismo muelle con el único propósito de volver a mancharlas.
Esa gente ganó la batalla con su piel; pero los golpes de las manchas en su mar les hirieron mucho más profundo que los habituales y diarios batacazos contra las rocas en busca del mejor marisco... El diario de bitácora se tornó libro de luto…
Quién pudiese cambiar la caza del negro por la faena habitual… las heridas eran entonces, y son ahora, fruto de la batalla contra un fantasma que pretendía asustar un ría que dejó ver lo mejor de sí misma: sus habitantes...
Esa gente es mi pueblo.
Esa mujer es mi madre.