Tara coprófaga.
Columna costumbrista.



Siempre sufrimos la misma rutina. Esto de vivir es como el día a día de los pollos: comen, posan sus aditivos en el campo, incluso hacen de ese don de la naturaleza parte de su menú... ¡A propósito de comer mierda!: el otro día, mi perra, Tara, un pequeño y simpático bichito de raza ninsu (ninsu madre lo reconocería) fue encontrada por mi padre practicando un extraño ritual que nunca pensó mi progenitor en ver desfachatez mayor en sus casi sesenta años de vida: Tara degustando una exquisita tapa de mierda de gallina.
Supongo que a más de alguno se la habrá revuelto el estómago y se preguntará a qué demonios viene eso, o qué nos interesa a nosotros el que tu perra tenga gustos copófragos; porque es un animal, ¿no?. Pues la verdad es que, moraleja, lo que se dice moraleja, quizá sea impensable de deducir; pero sí puedo deciros que desde que mi perra llegó a la mansión de los Fernández - hará unos tres meses- ya no sufro aquellos episodios de buena suerte de los que era víctima antes, cuando cruzaba la huerta por detrás de mis casa y caminaba por las inmediaciones del gallinero, pisando siempre, contra mi fortuna, el citado deshecho.. Y es que ahora, y no sé por qué, no me pasa; y mi perrita está sanota, le reluce el pelo y camina feliz moviendo su cola como un palo recto hacia el cielo...
Con todo esto, sin moraleja pero con un poco más de tacto, querría enseñarnos lo que es para nosotros un tabú, eufemismo, convencionalismo... Porque, pensemos por un momento en que la mierda fuese algo que nos gusta ( el párrafo anterior sería si cabe aún más ridículo). De ahí, que si no me entiendo ni yo, es porque este tema ya no tiene mucha filosofía de la que narrar retales de comportamiento: y es que todo lo que juzgamos, pensamos, a quien vemos y tocamos... todo lo que sentimos... está tan atado a patrones de comportamiento que no nos damos cuenta. Pero es que el día que nos demos de verdad cuenta: estaremos perdidos...